
Sábado veintinueve de noviembre quedó grabado en mí como un día que no buscaba ser extraordinario y terminó siéndolo sin pedir permiso. Guacara tuvo ese aire tibio que a veces parece envolverlo todo y que a mí, en particular, me suele pasar de largo porque cuando cumplo años no suelo sentirme parte del ruido general. Pero esta vez algo se abrió sin avisar. Llegué al sitio con esa mezcla de rutina y resignación que se forma cuando una piensa que los cumpleaños vienen cargados de un sentido que nunca termina de cumplirse. Sin embargo, apenas puse un pie allí con mis compañeros, mis amigos y mi hija, comprendí que había una energía distinta, una que no pedía explicaciones ni buscaba armar espectáculo. Era una especie de honestidad colectiva, un gesto simple y directo de cariño que me sostuvo sin que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo. Noté en sus miradas y en la ligereza de las conversaciones que todos estaban genuinamente contentos de estar allí conmigo y eso, para alguien que creció sintiendo que ocupaba el rincón menos iluminado de cualquier cuarto, fue casi desarmante. No había pretensión ni protocolo, solo una fiesta que comenzó sin solemnidad y fue cobrando forma mientras avanzaba el día.
Hablar del río en Vigirima es volver a sentir el agua fría en mis tobillos y esa especie de silencio vivo que tienen las montañas cuando una les presta atención en medio del bullicio humano. La naturaleza me recibió sin exigirme nada, como si supiera que venía con una resaca emocional de años y no solo con la del día siguiente. Mis compañeros habían planificado este paseo con un cuidado que recién comprendí más tarde. Cada detalle parecía pensado para que yo pudiera soltar la sensación de insignificancia que a veces se me pega a la piel. Estaban los que juegan en silencio pero observan todo, los que arman bromas sin medir volumen, los que cuidan sin anunciarlo. Y en medio de todo ese movimiento, yo me descubrí tranquila, casi encapsulada por una alegría que no tenía nada de estridente pero sí mucho de verdadera. A ratos me alejaba un poco para respirar hondo, para ver a mi hija reír con esa libertad que solo los niños manejan sin esfuerzo, y también para observar la camaradería que se formaba naturalmente entre todos. Ese tipo de momentos que no necesitan explicación porque se sostienen solos, como un puente que siempre estuvo ahí y una solo lo nota cuando lo cruza.




Hasta ayer en la mañana tenía a mi novio en esa categoría de sospechosos emocionales donde pongo a la gente cuando pienso que su distancia es desinterés o su silencio es desgano. Me había parecido mezquino durante días y recién ahora me doy cuenta de que lo juzgaba con un impulso casi automático. Resultó que, siete días antes, él había calculado todo con una precisión que yo nunca habría imaginado. Cuando me dijo que celebraría mi cumpleaños por adelantado no entendí su motivo real y lo tomé como una decisión arbitraria. Hoy me queda claro que fue una forma de protegerme. Sabía que este sábado estaría llena de obligaciones y quiso evitar que yo sacrificara la diversión pensando que debía ocuparme de todo. En retrospectiva, su insistencia tuvo un sentido impecable. Me doy cuenta de que estoy con alguien que observa más allá del gesto inmediato y que piensa en posibilidades con una frialdad que, lejos de ser distante, se transforma en cuidado. Él vio antes que yo misma que este día podía ser distinto, y me acomodó el camino sin que yo lo notara.
Lo más sorprendente del día fue la duración natural de la alegría. Desde las diez de la mañana hasta las dos de la madrugada todo fluyó sin necesidad de adornos. Hubo música que se sentía ligera, hubo fotos que no buscaban parecer perfectas, hubo juegos de mesa que terminaron en carcajadas que todavía resuenan, y hubo burlas a nuestra jefa que sirvieron de válvula de escape y de punto de unión al mismo tiempo. La noche se volvió larga sin que pesara. Por momentos pensé que tal vez la felicidad es eso que aparece cuando una deja de vigilarlo todo. Ver a mis amigos moverse entre bromas, a mis compañeros soltarse y a mi hija disfrutando sin reservas fue un recordatorio de que no todo en la vida tiene que ser lucha o resistencia. Algunas cosas simplemente son, y se agradecen sin pretender capturarlas en palabras limpias o definiciones precisas. Lo que viví allí, frente al río y luego entre luces amarillas y música suave, me devolvió una parte de mí que pensé demasiado oxigenada por la rutina como para seguir viva.



Hoy, domingo treinta de noviembre, mientras lidio con la resaca física y esa otra más suave que deja la emoción acumulada, siento una gratitud que no se me escapa en ninguna dirección. Crecí creyendo que la insignificancia era la moneda de cambio con la que debía aprender a transar la vida, y aunque ese pensamiento vuelve de vez en cuando, ayer no tuvo espacio. Ese día me sostuvo la gente que elegí y la que me eligió también. Me sostuvo mi hija con su risa clara, mis compañeros con su gesto inesperado, mis amigos con su complicidad, y mi pareja con su capacidad inquietante de ver un poco más lejos que yo. No puedo vivir sin placer ni sin diversión. No quiero hacerlo tampoco. Ayer entendí que celebrar no es un lujo, es una forma de respirar. Y hoy, con el cuerpo cansado y la mente quieta, siento un agradecimiento que no pide permiso ni disculpas. Solo existe. Y se siente bien.



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