Un día de correderas y un delicioso descubrimiento en familia.

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Hay días que planificamos al detalle, pero la realidad siempre termina regalándonos una aventura diferente. Hoy quiero contarles cómo un sábado que comenzó con tareas pendientes y largas filas se transformó en un momento hermoso para compartir con mis hijos, recordándome que incluso en los días más agotadores, la familia siempre es el mejor refugio.

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Nuestra jornada comenzó a eso de las 11:00 de la mañana. Salimos con una misión clara: ir a la tienda El Castillo a comprar la tela que faltaba para terminar el pantalón y el traje de danza de mi hija. En julio tendrá una conferencia muy importante junto a otras danzarinas y los preparativos no pueden esperar.

Sin embargo, al llegar nos topamos con la realidad de las compras de fin de semana: ¡teníamos a 20 personas por delante en la fila! El tiempo pasó volando y entre la espera y los cortes de tela, se nos hizo la 1:00 de la tarde. Como era de esperarse, mi hijo de dos años comenzó a ponerse muy impaciente y el hambre empezó a pasarles factura a los dos.

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En medio del desespero por el almuerzo, recordé el comentario de una amiga. Me había dicho que aquí mismo en Maturín, cerca de la Plaza Piar (en el local de la Casa de las Togas), preparaban un arroz chino buenísimo y que servían bastante. Decidí ir a comprobarlo con mis propios ojos.

Nos sentamos, nos dieron la carta y los muchachos de inmediato pidieron papas fritas. Lo primero que llevaron a la mesa fue el pan de cortesía, y ver a mi hijo comiendo pan con desespero mientras esperaba el plato fuerte me causó demasiada risa. Como es tan observador, no le quitaba la mirada de encima a las meseras; cada vez que salía un pedido, me miraba y me preguntaba si ese era nuestro plato. Me tocó armarme de paciencia y explicarle varias veces que todavía debíamos esperar un poco.

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¡Por fin llegó la comida! Mi hijo estaba tan emocionado que él mismo quería empezar a servirse y, por supuesto, lo primero que agarraron fueron las papas fritas. Mi amiga no exageraba: la porción era tan grande que fue imposible terminarla, así que nos tocó pedir un envase para llevar a casa.

A pesar de haber sido un día bastante agotador entre colas, calor y carreras, regreso a casa con el corazón contento. No hay nada más satisfactorio que ver a tus hijos felices y saber que, a pesar del cansancio, pudimos compartir y disfrutar un momento juntos.

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​¡Gracias por leerme! ¿Y a ustedes? ¿Qué tal los trata el fin de semana?.

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